Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Experiencias. Mostrar todas las entradas

10 noviembre 2009

Siempre otra, siempre

Desde hace unos años, muchos, décadas diría yo, desde que dejé la adolescencia para convertirme, por decirlo de alguna manera, en una mujer adulta, acostumbro, por eternos minutos, horas, a tumbarme en la cama, a pasear por alguna plaza, a sentarme en un bar, para fantasear. Fantaseo siempre con lo maravillosa que sería mi vida si tan sólo lo intentara, si tan sólo pudiera recibir un pequeño empujoncito, un golpe de suerte, no sé. Librarme de esta repulsiva rutina como una ballena que se sacude y brama o ruge o como chucha se diga el sonido que hace una ballena al sacudirse. Librarme, decía, y dedicarme sólo a aquellas cosas tan maravillosas que hacen los demás. Dedicarme, entonces, a ser otra.
.
Pero de ser otra, estoy segura, añoraría ser aquella mujer tumbada en su cama, aquella que se pasea por alguna plaza, esa mujer que mira hipnotizada por la ventana de un bar, con su cuaderno de hojas amarillentas y anillas verdes, y fantasea con afán, sobre todo aquello que no será jamás.
.

04 agosto 2009

Fiesta de ex alumnos

Alguien, no sé cómo, ha conseguido mi correo electrónico. Es un alguien con quién, creo, supongo, sospecho, hice la educación básica, o la primaria, en una escuela equis de apellido yanki. Me cuenta con entusiasmo que habrá un encuentro de ex alumnos, dice que estará todo el mundo allí, ¡incluso la profe de castellano!, que sólo falta mi confirmación y la manada estará completa, que será un gran acontecimiento, que lo pasaremos la raja recordando viejas travesuras, que reiremos hasta llorar, que será maravilloso volver a vernos, que...
Le digo que no, que es imposible, que no cuenten conmigo para nada, que no insista porque no cambiaré de idea, que no existe ni la más mínima posibilidad de que yo asista.
Es que el huir hacia adelante ya es una faena de la futilidad más extrema, pero huir hacía atrás... eso, eso es imbecilidad pura. Y punto.
.

13 julio 2009

¡No toy ni ahí con tu parapluie!

.
Llueve y como siempre, de la nada, aparecen, como gnomos, los vendedores de paraguas. Este hecho suele resultar insignificante e incluso pasar inadvertido para el infrecuente peatón. Pero nunca para mí. Es muy triste y agobiante, pues casi toda la vileza humana se concentra allí, en el mercader. Es el gen de lo ruin, el ADN de la maldad. Es quien sonríe única y exclusivamente por la desgracia ajena, quien espera agazapado tras las sombras, masticando cizaña, el mejor momento para atacar, para burlarse de mí, por que tengo algo que necesitas y que tendrás que pagar, sí o sí.

Entonces me acerco, a uno o dos metros del comerciante, y allí me quedo, el vendedor busca mi mirada esbozando una leve sonrisa capaz de matar a una cascabel, jurando de guata que todo saldrá según lo planeó. Pero yo ni me inmuto, no lo miro, ni siquiera pregunto el valor de su puto paraguas. Me quedo, muy quieta, bajo la lluvia, tranquila, mientras su bobalicona sonrisa muta en desilusión, mira a su alrededor buscando una explicación, alguna razón para comprender semejante injusticia, para encontrar la falla de su infalible maniobra.
.
Las gotas de lluvia ruedan por mi rostro, mi ropa se impregna de ella. Me mojo hasta las bragas. Es genial.

02 julio 2009

Por una vez

El tiempo se esfumó en fracciones de segundos, aún lo recuerdo como una nebulosa realidad, sus labios pronunciaron palabras que se transformaron en poesía construida a base de humo y con las frases que mis oídos deseaban escuchar. No puedo describir lo indescriptible, pero fue una caricia de los dioses malditos que por desgracia se convirtieron en humanos.
Como una perra hambrienta deseé lanzarme sobre él y someterme a un deseo desconocido usurpando su boca, en donde mi lengua se negaría a cualquier rechazo, y por una vez, una sorpresiva vez haber estado en su pecho, en su boca, en sus fantasías, en el terreno de lo prohibido.

Una vez más me quedé con las ganas de besar a un hombre, ingerir el alimento de los dioses, conocer una boca exquisita, unas caricias que me harían tocar la delicadeza de lo brusco, el tiempo sin segundos, y el sabor de una adrenalina que solo en sueños he podido experimentar.
.
.

26 mayo 2009

Para, deja de llorar

Estamos en un pequeño restaurante, es temprano, las siete y media de la mañana más o menos, momento donde la ciudad se acomoda el bisoñé para luego lanzar topetazos hasta agotar las ganas de soñar. El restaurante es un restaurante de barrio, sencillo, solitario, sin las garras de los que van al centro de la ciudad a morir, no sin antes matar. Solo hay una mesa ocupada, en realidad hay dos, pero aquel tipo solitario no cuenta, él solo se limita a mirar por el ventanal, a fumar, a pensar, a conformarse con estar de ese lado del cristal. Solo hay una mesa ocupada: papá, mamá, niña y niño. El niño, porque es el niño quien a llamado mi atención, llora. Llora como si esta fuera la faena para la que se preparó durante toda su vida, llora como si no fuera a llorar nunca más.
.
Procuro seguir con mi vida, leer, garrapatear algunas palabras sobre un periódico gastado de tanto manosear. Pero es imposible, el niño no para de llorar. Debe tener unos seis o siete años, rizos que se aparta, una y otra vez, de la frente con la parte externa de sus manos, algo inútil pues al instante vuelven a caer, y mocos que corren en dos surcos y que él se encarga de sorber con muy poco éxito. Sus manos sostienen una taza de chocolate caliente que no toma, llora. Y su llanto, que de tanto en tanto aumenta de intensidad, muta en un chillido, en un gemido, en un lamento, en un suspiro para luego volver al estado original. La madre intenta callarlo, una, dos, tres, cuatro veces, pero comienza a perder la fe, conoce al niño desde hace mucho tiempo ya y sabe que su llanto no cesará. Una promesa no cumplida es la causante de su tormento, un spiderman como recompensa, como contraprestación en alguna negociación de la cual se siente estafado, engañado, burlado y eso lo desilusiona profundamente, lo entristece. Y frente a tamaña frustración el niño opta por llorar.
.
La niña que debe tener unos ocho o nueve años, nunca más de diez, a decidido portarse bien, ser la reina del lugar, más que nada para demostrar lo buena chica que es mientras disfruta ver como su hermano es el villano, el problema, el que le saca los choros del canasto a su madre. El padre se enmudece, no dice nada, solo se concentra en su café y no habla, necesita conservar sus fuerzas para afrontar lo que le deparan las siguientes 15 horas. La madre remoja una tostada en su taza de té con singular desinterés, lo hace solo para mantenerse ocupada, para evadir, para ausentarse, para aislarse de lo que sucede a un metro de si.
.
El hastío como una soga transparente.
.
El niño retoma la pataleta, el berrinche, ha conseguido juntar un poco de aire, ha recobrado fuerzas y expone sus lamentos a un mundo que no lo comprende. La mentira, la injusticia, el engaño, la maldad. Lo miro con angustia, con agobio, con impotencia, intento consolarlo con una sonrisa, con algún gesto.-Para, deja de llorar, pichoncito- le digo en una mirada.- Deja de llorar que esto recién comienza. Ya tendrás oportunidad para vengarte, para repetir la misma historia quizá, para entregarte, o también para escapar. Pero por ahora, mientras tanto, disfruta de ese chocolate caliente y no llores más, cariño.


22 mayo 2009

Hedonismo experimental

Primero: Procuren identificar lo que más les gusta, ya sea una actividad o alguna sustancia. O una estupidez cualquiera. Algo que les entregue placer.

Segundo: Cuando ya tengan identificado, la actividad, la cosa o la estupidez que les brinda placer, absténganse de ella al menos por una semana.

Tercero: A medida pasan los días de privación, estúdiense, analízense, obsérvense. Verán como su cuerpo, al prescindir de aquello que suele ser dañino, percibe mejorías.

Cuarto: Mientras los novedosos cambios se reflejan en una alegría física descubrirán que una profunda tristeza se apropia de sus mentes. Se sentirán amargados, frustrados, despojados de toda felicidad.

Una vez acabado el experimento, concluida la semana, podrán retomar su cotidianidad. También pueden matarse al descubrir que sin las ínfimas cosas que les proporcionan placer la vida no tiene sentido.
.
¡A la mierda con las dietas!

25 marzo 2009

El Zorro

Roxana decide acompañarme a dejar a mi hijo al colegio en donde se ha organizado una gran fiesta de disfraces. Después de dejarlo dispondremos de unas cuatro, quizá cinco, horas para ponernos al día en las copuchas. Llegamos al colegio con Cristián prendido de mi mano, en ese entonces tiene 5 o 6 años, no recuerdo bien. Va disfrazado de mosquetero. Lleva puesto un sombrero de gran ala decorada con una enorme pluma, una repolluda camisa blanca con cuello de encajes, pantalones oscuros que sujeta con una gruesa correa desde donde cuelga una espada de plástico plateada, y una cruz blanca que le cubre todo el pecho, está muy feliz como sólo un niño puede estarlo. Se siente orgulloso de su disfraz. Se despide rápidamente de mí, está ansioso por perderse con sus amigos en un mundo mágico lleno de duendes, princesas, conejos, y algún cocodrilo desteñido de apenas medio metro de altura.
-
Mientras se aleja miro a mi alrededor. Algunos padres vigilan a sus hijos quienes se empujan, corren y gritan hasta ver como los disfraces van desprendiendo trozos de colores. Hace mucho calor. Escarbo en el baúl de mis recuerdos para encontrar alguna fiesta de disfraces en mi infancia, pero no la hallo, mi memoria es tan débil que decido concentrarme en el hoy: ir a comer con Roxana, vitrinear, copuchar... De pronto veo a un niño. Intenta participar de los gritos de alegría de sus compañeros, ser uno más entre tanto personaje de cuento, pero extrañas y misteriosas fuerzas lo van aislando, repeliendo. Todo el mundo lo ignora, es un estorbo que debe ser sorteado. El niño sobrepasa, físicamente, a todos sus compañeros, tanto en su altura como en su gordura masiva. De esa gordura que cae en, sucesivas, cascadas de piel por su pequeño cuerpo, dedos cortos, un par de melones en lugar de rodillas, hombros muy angostos para el tamaño de su cráneo, y orejas de un rojo alucinante. Usa pantaloncitos cortos, y un sombrero negraceo hecho de cartón, sombrero, que por cierto, es muy chiquito para su cabeza por lo que decide dejarlo caer hacia atrás, sobre su espalda, lo sostiene con una pita que se pierde entre un recoveco de su mantecoso cuello. Está, como decía, en shorcitos y polera, todo de un descolorido negro, por encima de la cual le han puesto, a modo de capa, una bolsa de basura atada al cuello. Sobre la bolsa alguien, un compasivo psicópata, un tierno criminal, intentó con tres pedazos de huincha adhesiva fabricar una desajustada "Z", la que pretende despegarse, pero no lo hace, cuelga agónica. Su mano izquierda aprieta en un puño, como si su vida dependiera de ello, una empuñadura de plástico rojo la que termina en el vacío pues la espada que alguna vez cobijó se ha perdido en algún lugar.
-
Las contadas personas que se dirigen a él, un viejito con sonrisa calavérica, algún diabólico crío, lo hacen repitiendo una sola palabra: "gordo". Y allí está el gordo, con su espada invisible y su capa pretendiendo flotar por unos segundos más cada vez que se mueve, sus cachetotes rosados, y sus ojitos cristalinos que se congelan en una mirada que da miedo, aislado de por vida de todas las fiestas de este mundo sin que nadie se entere de que lo que está pasando en más triste que las mismas guerras, más cruel que cualquier huracán azotando las costas del golfo mexicano. -¿Cual es tu nombre?- Ma... Ma... Manuel- repite apretando los dientes-. Manuel. Y decido quedarme allí, en medio del patio acompañando a Manolito que se deja abrazar lanzando un suspiro que durará para toda la vida, apretándolo muy... muy fuerte, hasta que él o yo necesitemos respirar una vez más.
.

04 marzo 2009

Misión imposible

Estaba yo, tranquilamente, echada en mi sillón favorito, perdida en mi lectura, sin pronunciar palabra alguna, junto a mi abuela quien descansaba en su cama justo frente a mí. El silencio era a ratos interrumpido por un auto, por una risa infantil, por un perro. Nada significativo. De pronto y sin razón aparente, mi abuela me pidió, a grito pelao, que me callara. -Pero si no he dicho nada... - respondí tímidamente, casi avergonzada, - ¡Que te calles! repitió muy molesta. Cerré mi libro para analizar la situación: ¿Qué es lo más acertado para hacer en este caso? Si le repetía que no había dicho nada hasta el momento en que ella me dijo que me calle, volvería a callarme y esta vez más enojada. Si cerraba la boca seguro volvía a callarme a pesar de no decir nada como lo hizo en un principio, pero también era posible que se olvidara y no me callara más. ¡Uf qué enredo! Al final decidí no hacerle caso, guardar silencio y seguir con la lectura. -¿Qué no entiendes? ¡Calla ya! - gruñó mi abuela.

¡Ay! a estas alturas las posibilidades más viables eran:

1.- Sencillamente... callarme.

2.- Decirle de la manera más amorosa posible que yo no había dicho ni pío, que no era necesario callarme, que se tranquilizara. Incluso podría acercarme con ternura y abrazarla para ayudarla a calmarse.

3.-Decirle que no pensaba callarme y que por nada dejaría de hacerlo.

4.- Llorar.

Luego de meditarlo un buen rato opté por hacer lo que cualquier persona en su sano juicio haría, lo más coherente, lo más lógico: huí despavoridamente. De puntitas y procurando hacer el menor ruido posible desaparecí de la zona de peligro, corrí escalera abajo, a toda velocidad, para perderme en la terraza. Me senté al borde de una jardinera, inspiré profundamente para recuperar el aliento y tracé una sonrisa: ¡al fin... paz! Me acomodaba para continuar con mi lectura cuando noté, atónita y decepcionada de mí... ¡que había dejado el libro en el dormitorio de mi abuela! El corazón se me agitó, titubeé, pensaba abandonarlo allí y optar por la televisión o por echarme una siesta, ¡pero no! ¡mil veces no! ¡yo quería mi libro e iba a conseguirlo a cualquier precio! Con todo el valor humanamente posible gateé escalera arriba intentando hacer caso omiso a las temblorinas que habíanse, ¿habíanse?, apoderado de todo mi cuerpo. Gotas de agobio corrían por mi frente y mis manos, mi ojo izquierdo decidió saltar una y otra vez en contra de mi voluntad, mis vías urinarias amenazaban con soltarse, sentía el peso del mundo sobre mis hombros... Finalmente al llegar al cuarto de mi abuela, y por puro descuido, abrí la puerta toscamente provocando un chillido bestial, mi abuela gruñó que no abriera la puerta tan horrible. A estas alturas ya no tenía control alguno sobre mis nervios, por lo que al cerrar la puerta le mandé un azotón sin siquiera proponérmelo, mi abuela bramó aún más. Di un par de pasos torpemente pues al tercero tiré un paso que se encontraba en su mesita de noche, ¡deja de tirar cosas, mocosa, y calla de una buena vez! -gritó mi abuela- Al fin tenía mi libro, pero cuando me disponía a partir, y por mi estupidez elevada al infinito, pateé la bacinilla derramando parte de su contenido sobre mis pies. Fue tanta mi desesperación, mi coraje, que no pude contenerme a un: ¡Ya bastaaaaaaaaaaaaa! Pero mi abuela ni se inmutó, siendo que ese era el momento idóneo para que me callara y echara de allí a punta'echucha's, pero no lo hizo. Me acerqué a ella sigilosamente: dormía. Volví a acomodarme en el reposet, tomé mi libro y retomé la lectura. Claus y Lucas de Agota Kristof, un gran libro, dicho sea de paso.
Una veintena de minutos más tarde, y mientras me perdía en un viejo sanatorio de un pueblucho alemán, el silencio de la habitación fue interrumpido por algo que me sonó bastante familiar...
.
-¡Que te calles!
.
Esta vez sonreí y continué con mi lectura.

14 febrero 2009

Pesadillas

Cuando era niña y en la época en que no vivía en mi casa, sino con mi abuela, tenía la mala costumbre de hablar en voz alta mientras dormía, repitiendo siempre la misma palabra: “mamá”. Quizás era mi oculta necesidad de atención maternal, obviamente porque mi progenitora querida tenía cosas mas importantes que hacer y no podía hacerse cargo de mi. Tendría unos cuatro o cinco años y mami Toña, como llamaba a mi abuela, me despertaba de un sopetón para decirme que ella no estaba, que luego llegaría.Hasta la fecha, estas reacciones me parecen increíbles, casi estúpidas, pues según yo los sueños se guían por la razón, pero creo que hay una parte que no puedo dominar, donde el control sobre mi misma lo pierdo, mensajes ocultos tras una indiferencia fingida, o en este caso palabras descordinadas lanzadas al aire por la ausencia de mi mamá.
.
¿A qué viene todo esto? a que anoche me desperté muy angustiada, casi al borde del pánico, terror del que aún no me recupero. No recuerdo muy bien de que iba el sueño, alguien discutía, no sé de qué ni con quien, pero algo debió ocurrir que me causó miedo o una emoción muy fuerte que inexplicablemente corrí a los brazos de mi madre para aferrarme a su pecho, el problema es que yo pensaba que era otra persona, le dije: “te extrañaba tanto, mi amor”, pero lo peor vino luego: ¡la besé! De no ser por un instinto propio de autodefensa me desperté en pleno acto, de lo contrario no sé qué hubiera pasado, quizás habría continuado con muestras de cariño hacia ella, detalles inexistente en mi, simplemente porque no me salen. Me quedé inmóvil un segundo tratando de reponerme de tan desagradable e incomprensible sueño, buscando una razonable explicación, la que nunca llegó pues terminé por volver a dormirme sin conseguirla.
.
¡No jodan! que fue sin querer, totalmente inconsciente, lo puedo jurar, es imposible cobijar un anhelo desconocido de volver a verla, me niego a reconocerlo, no, ¡no puede ser que me esté volviendo tan mamona!

Al más allá

-Uy! mira Sofi, ya no se mueve.
-Seguro que se murió, mami, pobrecito, lo botamos, mami?
-Sí, tirémoslo a la basura.
.
No creo que exista otra situación en la que se refleje tan bien el significado de la muerte.
.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
.
Anoche asistí a mi propio funeral, me vi muerta dentro de un ataúd, paralizada, imposibilitada para abrir los ojos, con todo el cuerpo frío. Me levantaba, caminaba aturdida por un parque en donde una niña se mecía en un balancín lanzando alaridos infantiles, llantos espeluznantes venidos desde el mismísimo purgatorio. Desperté erguida, incapaz de asumir que sólo era una estúpida pesadilla.
.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo.
.
Crecí entre ánimas, fantasmas y sesiones de espiritismo.
Cerrando, simplemente, los ojos, su cuerpo a la muerte entregó, en un ataúd de excesiva sencillez su cuerpo dejó, asomada con su piel oscura, vestimenta negra y con las manos colmadas de algodón, burlona se durmió, amenazando con volver junto a las almas que un día bajo mi cama escondió. Hoy recuerdo su olor, el olor a muertos en mi casa. A los que volvieron encandilados con el grito que mi abuela con tanta agonía desató.
.
Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
.
He pensado en el día de mi muerte, al que asistiré orgullosa como a una coronación, seré la reina. He pensado también que, lamentablemente, sólo en los rituales de la muerte, es donde nos rinden el merecido o inmerecido homenaje de ser los más grandes, los protagonistas, únicos y especiales. Sobre todo con frases como: Era tan buena, que Dios la guarde en su gloria. Pero me asusta el cómo morir. Me cargan las tragedias de cuerpos destrozados en asfaltos, o los catres quejumbrosos de una enfermedad, odio las catástrofes, más aún los hospitales. No espero mucha ciencia para morir, sólo que sea de una manera simple, inesperada y rápida. ¿Cobardía? Quizás. Pero quiero que en el minuto de mi muerte una sonrisa asista conmigo a mi funeral.
.
Santa María. madre de Dios. ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte...
.
Cuerpos fríos, un rosario, unas velas, algunas flores, un hoyo en la tierra, un par de sepulteros, muchas lágrimas negras, demasiadas frustraciones de los vivos por no haber hecho más por el ahora muerto, o muerta. Ropas oscuras, cuerpos demacrados, ojos envueltos en un trozo de papel que se destroza como ellos en su dolor, una pena y un pesar por no haber pasado más tiempo... conmigo. ¡Ja!
.
Gloria al padre, gloria al hijo, gloria al Espíritu Santo, Amén.

13 febrero 2009

Japi berdei

Por obligación, por norma, cada 23 de agosto acostumbro sumar un año más a mi calendario personal, sucede una y otra vez sin poder evitarlo, siempre ocurre, siempre, incluso en la misma fecha y casi por inercia.La verdad es que estos acontecimientos no los tolero con mucha facilidad. No soy de fiestas, claro está, mucho menos de celebrar cumpleañitos, aniversarios, añitos viejos, jalogüins, ni nada por el estilo. Yo paso. Es más, suelo pensar que aquellos que ponen excesivo ímpetu en esas fechas dejan muchos momentos en blanco, vacíos, y aunque ellos se defiendan diciendo que son los más valiosos, los mejores momentos para el reencuentro familiar, el júbilo emocional, el enriquecimiento espiritual, la verdad es que yo sigo pensando en que están llenos de hipocresías, de compromisos y cotilleos, es por esto que prefiero saltármelos, y quedarme con el antes... con el después.Hecha esta aclaración y constatada más de cinco mil cuatrocientas doce veces, igual, quienes me conocen: la gente cercana, los amigos más íntimos, el círculo parental al cual pertenezco y que se hace llamar familia, insisten en meter bulla. Algo poco, dicen, una oncecita, un salud o qué sé yo, será sólo entre nosotros, los mismos de siempre...
Pues bien, este año, como siempre, como cada vez, han vuelto a ganar por nocaut. Okey, ya está, listo. Hagámosla cortita, ¿vale? Pero no, no se conforman con un simple: !FELICIDADES! o un JAPI BERDEY! (palabras que siempre van acompañadas de las típicas, y siempre -estupendamente- bien recibidas, bromas sobre mi vejez), que luego hay que joderse con un dichoso pastel. Ea, al fin el grato ritual de soplar la velita, arrrggg... "Anda, mujer, que sólo es un rito inofensivo, una costumbre, un juego, una simple formalidad, venga no comiences a poner mala cara". Traen la torta, y aquí es donde llegamos al punto relevante de tan interesante post, presten atención, por favor. Me doy cuenta, con asombro, con agobio, que a tan apetitoso pastel le falta un par de porciones, dos pedazos. Al parecer alguien tuvo antojos incontrolados unos minutos antes, y utilizó "mi" torta para saciar su gula.
.
Al ver la desilusión colgada de mi cara, alguien dice: "Ya! dale no más, si es lo mismo. Pide tres deseos. Anda!". Así lo hago, amargamente cumplo mi rol. Murmuro algo indescifrable. Pido, desganada, mis deseos y soplo. Me saludan entre vítores, risas y hurras. Sin embargo, luego, la torta me sabe amarga, insípida, creo que si le faltaba ese par de porciones, esos dos pedazos, eso debe tener algún significado, algo tendrá que ver, ¿no? Quizás sólo debí pedir dos deseos, y no abusar. Quizás debí tirarme al suelo y echarme a llorar como una niña.

22 enero 2009

Culpable, culpable, culpable...

Estoy en una pequeña cafetería, desayunando junto al ventanal, en la calle, un grupo de hombres trabaja con palas, picotas y carretillas. Son obreros. Llevan días cavando en el pavimento. Los hombres remueven el asfalto; muelen a golpes el hormigón; transportan enormes y pesadas piedras. Llueve.Yo, embobada, continúo con el deleite que me provoca un grueso y rectangular trozo de esponja hecha a base de harina, huevos y chocolate. Hinco, con delicadeza, la punta del tenedor sobre tan delicioso manjar, la superficie cede a la presión con un leve crick, un delicado susurro, para luego, de entre sus capas, brote una generosa dosis de mermelada, que se prepara para derramarse sobre la crema, pero no lo hace, se queda allí, expectante, a la llegada del mágico bocado rebosante de la felicidad más pueril, del estupendo y conciliador placer que me permite creer en la alegría y en alguna de sus amigas.
De pronto, uno de los jornaleros levanta la vista, con asombro descubro que es una chica, ella me observa, pero sólo por un instante. En su ojos encuentro el odio en el estado más puro. Su mirada es la de un animal herido, irritado, que busca en dónde depositar toda su furia, toda su frustración.
.
Ahora sé que yo, también, maté a Marilyn Monroe.

Si los perros hablaran...

Cuando aún vivía en Chile, a la vuelta de mi casa, había un perro que me odiaba. Cada vez que pasaba cerca de él, se desesperaba, se alborotaba de manera bestial y única, se desbordaba por un odio enloquecido. El animal, atado a un pilar, tensaba la cuerda al límite de la asfixia, sus ojos siempre a punto de escaparse de sus cuencas oculares y rodar por la vereda, sus ladridos sólo se aquietaban cuando la falta de oxígeno se lo ordenaba, sus colmillos prometían que mis pantorrillas jamás permanecerían a salvo sobre la faz de la tierra, su espumosa baba corroía, como un ácido, las baldosas del jardín.
Por mucho que lo ignorara, por mucho que me concentrara sólo en seguir mi camino sin mirarlo, y aún alejándome unos buenos metros, treinta o cuarenta, el perro continuaba, con desmesurado fervor, luchando por atacarme, por acabar con mi absurda existencia.
.
−No sé qué le pasa contigo - me decía, el presumiblemente dueño del animal-. Jamás reacciona así, nunca, nisiquiera con los gatos.
.
Analizo esas escenas, reflexiono, medito en las palabras del hombre, en el odio del animal. Concluyo en que esa bestia me conocía de algo, que sabía de mí, que sabía cosas...
.

28 noviembre 2008

Pedacitos de inocencia

Ayer, una de mis congéneres compañera de peña factoril, llegó presumiendo que durante el fin de semana había perdido una triza de inocencia, otra de las tantas que tiempo atrás había dejado escabullirse en los encuentros fortuitos con su novio. Con muy pocas onomatopeyas lo contó todo, aunque mi mente (perniciosa ella) se adelantaba a cada escena, la muy traicionera consiguió imaginar un mundo de posibilidades y eternas inmensidades infestadas de placer, aunque también condimentadas con algo de dolor y tabú. Mientras mi mente divagaba entre fluidos diversos y dolorosos espasmos una pregunta se coló: Y tú... ¿ya has experimentado de todo en la cama?, incognita que invadió inmediatamente mi cabeza con otro par: ¿será que me ve cara de experta? ¿o tendré cara de necesitada? La verdad es que cualquiera de esas afirmaciones me parecen muy exageradas, pero una nunca deja de apostar la cabeza con pensamientos que tiran el ego al suelo, o que lo elevan como un inmenso globo aerostático, sencillamente dije: No. Respuesta que me envió la invitación para desprenderme de los pedacitos de inocencia que todavía me quedan, o de toda ella.
.
.

22 noviembre 2008

Corajes

Si hay algo que odio en este mundo, o mejor dicho, en este rincón del mundo, es encontrarme con libritillos insultantemente caros para el bolsillo de una pobretona asalariada como yo. Ayer, sin ir más lejos, anduve ojeando, que también hojeando, un folleto de apenas unas 50 paginillas, de un librito de Neruda que me fascinó, pero luego de ver el precio me enfurecí... ¡Neruda ya murió, malditos gusanos! ya no está aquí para gozar de fortuna editorial alguna, y por muy vivito que estuviera, o por muy cabrón que sea, tampoco avalaría semejante robo. Así que me dije: ¡me vale una mierda, aquí mismito me lo leo! cosa que, lógicamente, me fue imposible hacer, debido a la atención que otros papelujos me despertaron. Mientras pajareaba por la librería Española, de España por cierto, la misma en donde llaman a las no-españolas como ¡latinas de mierda!, allí, digo, me encontré con una agradable sorpresa, lo último de Tim Burton, (¿Tim Burton? ¿Tim Burton? ah, sí, ¡Tim Burton! "ese" Tim Burton, el director de "El extraño mundo de Jack" o "El joven manos de tijeras" esas por nombrar algunas de las películas que me han gustado), panfletucho que contenía caricaturas, poemas y chistecillos pintados con humor negro. Sólo con echarle un vistazo a las primeras páginas me enamoré, La melancólica muerte del chico ostra, hasta que lo volteé para averiguar el precio, ¡hijos de la gran puta! el costo era equivalente a un mes de colaciones para Sofía. Allí terminé por cabrearme del todo, salí a la calle refunfuñando mientras buscaba las causas de mi cólera:
.
Piremo: Que hoy dispongo de menos dinero que hace un par de meses atrás, tanto, o tan poco, que ni siquiera puedo darme uno que otro gustito, bueno, sí, la verdad es que me quejo de llena.
.
Y segundo: Que por un mínimo instante consideré la necesidad, la posibilidad, las irresistibles ganas de ocultarlo bajo mis ropas y llevármelo, hurtarlo, sin ni una pizca de vergüenza, pero lo indignante de todo fue... ¡no haber tenido las pelotas para hacerlo!
Así como van las cosas ¿quién me asegura que, en el futuro, no estaré tras la rejas como una vulgar delincuente? es que así, no hay principio, ni credo, que aguante, señores.
.
.

17 noviembre 2008

Caracolicidio

-¿Sofi? ¿que pasó con los caracoles que teníai en este tarro?
.
-Ayyy maaaami déjame en pa, ¿que acaso que no veí que toy triste? ahora solo me queda uno. Mira, el piremo, se murió de frío sólo porque le saqué su "calabaza". El segundo lo estaba lavando en el baño porque estaba lleeeeeeno de mocos y entonces... cuando yo lo estaba lavando se me cayó por el hoyo. El otro, el ot, el otro yo "creiba" que estaba muerto, entonces luego lo pisé y se murió, pero sin querer, mami, es que mi hermano me dijo que ya estaba muerto, entonces yo me enojé y lo aplasté, pero el porecito se movía y se movía porque pareque* todavía estaba vivo, pero fue sin querer, mami, en serio! Y el último, emmm, también se murió, se murió cuando le saqué las patas.
.
-¿Las patas? ¿cuales patas, Sofía? los caracoles no tienen patas!
.
-Unas patas necras que yo le vi, mami, se las saqué pa que sea vea ma' lindo, pero no pudo caminar ma' y se murió de hambre, poreciiiito, mami, porecito "escarbó".
.
Ay Sofi, tanta delicadeza, niña por Dios!
.
.
*Parece qué.

13 noviembre 2008

Apestada

Se me ha pegado en la cara un alevoso mal humor, como una máscara de hierro, rígida, amarga. Portadora de tormentas, mezquina de consuelos, débil enemiga pero persistente. Viene y se instala como un estado efímero, turbio: no es rabia, ni tristeza, tampoco es depresión. Es una mezcla amorfa en donde se confunden penas antiguas, frustraciones varias, hastío puro y duro, algunas preocupaciones y pesimismos. Algunos dicen que estoy agresiva, sarcástica, otros que estoy apagada, triste, pero la mayoría insiste en que estoy insoportable, ninguno se equivoca.
.
Es, como la peste, contagioso, pero pasajero. Yo creo que deberían dar unos días de licencia por el mal humor, y así poder hundirse en la cama atiborrado de altas dosis de chocolate, y quedarse así, oculta, aislada, recluida a una distancia considerable de las personas que amo y de objetos delicados, y de esta forma evitar dañar a alguien con el sátiro látigo del desdén.
.
.

Matamorfosis

De pequeña, siempre, se reían de mí. Mi frente era muy amplia y englobada, la nariz demasiado ancha, algo extraño tenía en los ojos, en la mirada, en la manera de hablar, en mi andar. No fui aceptada, por tanto, ni querida, ni elegida para jugar a "la familia", ni luego, para salir a bailar. Mis amigas organizaban juntas en que la clave para el éxito de la velada era mi exclusión, que yo no me enterara, entonces, nunca fui invitada a participar en el "juego de la botella", o a "verdad o consecuencia", ni a la "escondida china", ni al "pillarse", osea, a ningún jueguito que significara besarme.
.
Por más que lo deseé, por más que me esmeré, por mucho que me esforcé nunca conseguí llamar la atención del sexo opuesto. Nadie quiso besarme ni abrazarme jamás. Y hoy, cuando la naturaleza se ha apiadado de mi, extraños seres me regalan favores, se deshacen en halagos, se desviven por saber de mi. Ahora, agradables criaturas, preparan reuniones a las que me convocan con excesivo entusiasmo, lugares donde se encuentran los más exquisitos tragos y los más exóticos platillos, donde la gente se dedica a conversar y reír. Ahora, antiguos conocidos me miran y se preguntan cómo he cambiado, cómo puede ser posible estar donde estoy, cómo consigo ser tan atractiva, tan inteligente, tan, pero tan, genial. Yo solo les sonrío, no digo nada, ¿qué podría decir?, pero si obligada estuviera a hacerlo diría que es algo totalmente ajeno a mi voluntad, algo espontáneo, innato, una reacción propia del cuerpo, un anhelo desesperado, algo que crece y crece sin planificación, como una flor en el desierto, unas ganas enormes, del tamaño de un huracán, de ser alguien, alguien a quien deseen abrazar.
.
.