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01 marzo 2009

Directo al paraiso

El día que descubras la medida exacta de mis piernas, de modo que al lamerlas, desde los talones hasta el ombligo, tu lengua no se reseque, que las conozcas tanto que sin ver calcules la distancia precisa que hay entre mis rodillas cuando están abiertas, y no sólo eso, sino que conozcas el ángulo de la curva que forma cada una de ellas cuando estoy boca arriba. El día que me dejes tus dedos estampados en los muslos con un bello color azulado de tanto deseo, y que sepas que tus manos, allí extendidas, cubrirán todos mis complejos dejando escapar la mitad de mis culpas y que sepas que al momento de buscar la entrada con la punta de tus dedos antes debes recorrer el umbral con sus labios, y que desde ya te conste que disfrutaré sentir tu boca presionada a mis pantorrillas, pero más contra mis muslos, pero más más contra la piel que cubre mi entrepiernas. El día que de alguna manera consigas que mi columna se entere del momento preciso en que tus piernas separaran las mías, y que hasta el más recóndito rincón de mi cuerpo se erice al sentirte dentro, ese día, ese preciso día gritaré, al fin, tu nombre.
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14 noviembre 2008

De tu ausencia

Exhibo mi cuerpo ante imágenes que me constituyen desnuda, imágenes que deforman mi ropa, la desatan, la eliminan para descarchar mi dermis. Me siento en una silla, separo mis piernas formando una uve, una mano descoordinada desciende, no estoy en mi cama, no puedo recargar el cuerpo para hacerlo rápido, esta vez debe ser lento, muy lento.
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Una frase, un cumplido, un deseo desbordado me acaricia y me dice: “Te deseo”. Mis ojos se revelan, se manifiestan, te buscan. Una redondez acentuada en el límite de mis senos muestran la erección de mis pezones, promiscuas ilusiones que me obligan a fornicar en letras.
Mis piernas serán tu sendero, caudal de tu miembro que amenaza con morir lujurioso dentro de mi vientre... me abrazo en el revuelo de una amenaza orgásmica, contraigo mis nalgas, quejidos que rebotan en las paredes de lo imaginario, de una intimidad condenada, de cuerpos deseosos, producto de las ansias no reveladas.
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Palpitar insaciado; doloroso contraste de mi soledad y los sueños de tenerte en mi cama.
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Mientras tanto, seguiremos fornicando con palabras.
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13 noviembre 2008

Palabras, tan solo palabras

Iniciaste una batalla campal de tortuosas caricias, caricias que ayer suplicaban por tu presencia en mi lecho. Abrí mi blusa, te ofrecí mi sexo, mi boca, mi placer... para que tus labios lubricaran mi deseo insatisfecho, mis moralinas se liberaban para ti, entregué mis ansías a tus dedos, a tu cuerpo. Pero decidiste seguir a la sugestión.
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Me abandonaste en el mar de mis deseos que se consumían en los tuyos, por enésima vez, un encuentro que redundaba en un deseo: hazme tuya. Pero sólo hubieron palabras, palabras expertas que a gritos pedían por tu piel, que sin quejas derramaban los suspiros de mi insatisfacción. No pudiste ganarle la batalla a mis piernas, porque no hubo peor sugestión que tu propia y maldita palabra: no te tocaré.
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Exhibición

Con los pechos apretados contra la cama... sentía su respiración golpear en mi oído y su pene sumergiendose hondo una y otra vez. Mis caderas atrapadas por sus manos, mi cuello humedeciéndose en sus labios y la temperatura en aumento por el encarnizado vaivén.Pronto volteamos y reiné yo. Entonces el desenfreno se desató. Su fuerza no bastaba para mecerme, ni las caricias que se perdían entre mis nalgas, ni el arrullo de lo suyo en lo mío. Humedecí mis dedos con su lengua, con ellos recorrí mi cuerpo, mis pezones, mis aureolas, mi pubis, allí me instalé dibujando círculos sobre mi clítoris, disfrutando al compás de mis deseos... hasta que mi campo visual me inquietó. Levanté, delicadamente, los ojos hacia la ventana que se encontraba entreabierta y descubrí la mirada penetrante de unos hombres que trabajaban en el edificio de enfrente, y aunque se encontraban a varios-muchos metros, no cabía duda que nos observaban. La sola idea me estimuló, por lo que decidí darles lo que deseaban, un espectáculo. Me toqué con ansias mientras aceleraba las revoluciones, mi entrepierna palpitaba y mis pezones se mantenían rígidos, los imaginaba erectos, casi adoloridos de tanta excitación.
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Fantaseaba con ellos, los veía tocándose, masturbándose para mí y amando salvajemente a sus mujeres pensando en tan lasciva exhibición...Cuando al fin acabé, mi boca les regaló mi triunfo y en mis ojos... se colgaba una invitación... para la próxima vez.
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