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22 julio 2009

La última chupá del mate

Es temprano, las seis y veinte de la mañana, vamos camino al hospital. Claudia accedió a donar sangre pues prefiere eso a tener que dar parte de su salario, según ella: el que te pide sangre no te pedirá dinero. Decido acompañarla, y no es por ser buena gente precisamente, es más que nada para aprovechar el tiro y poner en regla unos papeles y cahuines.
Hace frío, la ciudad sin gente es toda una maravilla, el silencio que baña la mañana es genial, aunque a ratos es teñido por el tronar de nuestras tripas, tenemos hambre. Yo más que nunca, mi cuerpo comienza a quejarse, es la costumbre de almorzar a las 4 de la madrugada.

Hay una mujer trapeando la porción de vereda que corresponde a la casa en donde trabaja.

–¡Ey, cuidado!–no pesco, sigo caminando, uno, dos pasos. Clau y yo somas las únicas en la calle, ni siquiera hay vehículos así que suponemos que se dirigía a nosotras. Clau se detiene.-¿Me hablas a mí? dice señalándose con el dedo. -¿Acaso no ven que estoy limpiando?– dice mientras apunta las baldozas con el mentón- ¡y pisan!

Oh-oh... Clau se ha mosqueado, eso es grave, más hoy cuando ha echado cuerpo, la cara de buena samaritana que va feliz a dar un poco de vida a mutado en una demente, de quien acaba de escaparse de un psiquiátrico, sus ojos muestran un hondo fastidio y perplejidad. Se acerca, da un paso. -¿Y qué mierda quieres que haga, idiota? ¿Que pase dando saltitos? ¿aún no te cae la teja que desde hace más de una década tu única tarea consiste en limpiar azulejos en donde cagan los perros y pisan las doncellas? para luego dedicarte durante horas a lustrar la mampara de ésta... tu casa ajena. ¿Cuando te vas a pegar la cachá de que no eres la última chupá del mate, sino el eslabón perdido entre los simios que bajaron de los árboles? ¿Cómo llegaste a esto, wachita? seguro que de niña soñaste con un día manejar una gran compañía, ¿no? con ser una eminencia médica o quizá una famosa actriz, pero no, no eres nada ¡sólo mírate! Tu único pasatiempo en la vida es adivinar qué traen los vecinos del supermercado y cuando consigues descubrir que alguien se ha gastado más de cinco lukas en una botella de vino, sufres y maldices tu destino. Dime, ¿sabes leer?, pues bien, dedícate al menos a leer el horóscopo o el faranduleo así tendrás algo de qué hablar, mija. Y ahora sigue limpiando, deja todo reluciente, que sino cuando pase de vuelta yo misma quitaré las manchas del piso con la cara de pija muerta de hambre que tienes.

Estoy de pie, mirando, atónita, la escena. La tierra no me traga.

Algo sucede. La mujer suelta el trapeador y se sienta en el borde de la cuneta junto a un balde azul. Comienza a llorar, como un niña. Se cubre la cara con las manos, intenta ocultar su angustia, pero el llanto la domina, la desborda, no puede contenerse. –Discúlpame, mi fui al chancho, lo siento, de verdad– le dice Clau. Se inclina para darle unas palmaditas en la espalda, de paso toma el mop. -Bah no me hagas caso, yo te ayudo-. La aseadora sigue inconsolable, niega con la cabeza. Clau comienza a baldear, su cara de buena samaritana a vuelto.

Sigo de pie, mirando, atónita, la escena. Perpleja.

02 julio 2009

Por una vez

El tiempo se esfumó en fracciones de segundos, aún lo recuerdo como una nebulosa realidad, sus labios pronunciaron palabras que se transformaron en poesía construida a base de humo y con las frases que mis oídos deseaban escuchar. No puedo describir lo indescriptible, pero fue una caricia de los dioses malditos que por desgracia se convirtieron en humanos.
Como una perra hambrienta deseé lanzarme sobre él y someterme a un deseo desconocido usurpando su boca, en donde mi lengua se negaría a cualquier rechazo, y por una vez, una sorpresiva vez haber estado en su pecho, en su boca, en sus fantasías, en el terreno de lo prohibido.

Una vez más me quedé con las ganas de besar a un hombre, ingerir el alimento de los dioses, conocer una boca exquisita, unas caricias que me harían tocar la delicadeza de lo brusco, el tiempo sin segundos, y el sabor de una adrenalina que solo en sueños he podido experimentar.
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25 marzo 2009

El Zorro

Roxana decide acompañarme a dejar a mi hijo al colegio en donde se ha organizado una gran fiesta de disfraces. Después de dejarlo dispondremos de unas cuatro, quizá cinco, horas para ponernos al día en las copuchas. Llegamos al colegio con Cristián prendido de mi mano, en ese entonces tiene 5 o 6 años, no recuerdo bien. Va disfrazado de mosquetero. Lleva puesto un sombrero de gran ala decorada con una enorme pluma, una repolluda camisa blanca con cuello de encajes, pantalones oscuros que sujeta con una gruesa correa desde donde cuelga una espada de plástico plateada, y una cruz blanca que le cubre todo el pecho, está muy feliz como sólo un niño puede estarlo. Se siente orgulloso de su disfraz. Se despide rápidamente de mí, está ansioso por perderse con sus amigos en un mundo mágico lleno de duendes, princesas, conejos, y algún cocodrilo desteñido de apenas medio metro de altura.
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Mientras se aleja miro a mi alrededor. Algunos padres vigilan a sus hijos quienes se empujan, corren y gritan hasta ver como los disfraces van desprendiendo trozos de colores. Hace mucho calor. Escarbo en el baúl de mis recuerdos para encontrar alguna fiesta de disfraces en mi infancia, pero no la hallo, mi memoria es tan débil que decido concentrarme en el hoy: ir a comer con Roxana, vitrinear, copuchar... De pronto veo a un niño. Intenta participar de los gritos de alegría de sus compañeros, ser uno más entre tanto personaje de cuento, pero extrañas y misteriosas fuerzas lo van aislando, repeliendo. Todo el mundo lo ignora, es un estorbo que debe ser sorteado. El niño sobrepasa, físicamente, a todos sus compañeros, tanto en su altura como en su gordura masiva. De esa gordura que cae en, sucesivas, cascadas de piel por su pequeño cuerpo, dedos cortos, un par de melones en lugar de rodillas, hombros muy angostos para el tamaño de su cráneo, y orejas de un rojo alucinante. Usa pantaloncitos cortos, y un sombrero negraceo hecho de cartón, sombrero, que por cierto, es muy chiquito para su cabeza por lo que decide dejarlo caer hacia atrás, sobre su espalda, lo sostiene con una pita que se pierde entre un recoveco de su mantecoso cuello. Está, como decía, en shorcitos y polera, todo de un descolorido negro, por encima de la cual le han puesto, a modo de capa, una bolsa de basura atada al cuello. Sobre la bolsa alguien, un compasivo psicópata, un tierno criminal, intentó con tres pedazos de huincha adhesiva fabricar una desajustada "Z", la que pretende despegarse, pero no lo hace, cuelga agónica. Su mano izquierda aprieta en un puño, como si su vida dependiera de ello, una empuñadura de plástico rojo la que termina en el vacío pues la espada que alguna vez cobijó se ha perdido en algún lugar.
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Las contadas personas que se dirigen a él, un viejito con sonrisa calavérica, algún diabólico crío, lo hacen repitiendo una sola palabra: "gordo". Y allí está el gordo, con su espada invisible y su capa pretendiendo flotar por unos segundos más cada vez que se mueve, sus cachetotes rosados, y sus ojitos cristalinos que se congelan en una mirada que da miedo, aislado de por vida de todas las fiestas de este mundo sin que nadie se entere de que lo que está pasando en más triste que las mismas guerras, más cruel que cualquier huracán azotando las costas del golfo mexicano. -¿Cual es tu nombre?- Ma... Ma... Manuel- repite apretando los dientes-. Manuel. Y decido quedarme allí, en medio del patio acompañando a Manolito que se deja abrazar lanzando un suspiro que durará para toda la vida, apretándolo muy... muy fuerte, hasta que él o yo necesitemos respirar una vez más.
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04 marzo 2009

Misión imposible

Estaba yo, tranquilamente, echada en mi sillón favorito, perdida en mi lectura, sin pronunciar palabra alguna, junto a mi abuela quien descansaba en su cama justo frente a mí. El silencio era a ratos interrumpido por un auto, por una risa infantil, por un perro. Nada significativo. De pronto y sin razón aparente, mi abuela me pidió, a grito pelao, que me callara. -Pero si no he dicho nada... - respondí tímidamente, casi avergonzada, - ¡Que te calles! repitió muy molesta. Cerré mi libro para analizar la situación: ¿Qué es lo más acertado para hacer en este caso? Si le repetía que no había dicho nada hasta el momento en que ella me dijo que me calle, volvería a callarme y esta vez más enojada. Si cerraba la boca seguro volvía a callarme a pesar de no decir nada como lo hizo en un principio, pero también era posible que se olvidara y no me callara más. ¡Uf qué enredo! Al final decidí no hacerle caso, guardar silencio y seguir con la lectura. -¿Qué no entiendes? ¡Calla ya! - gruñó mi abuela.

¡Ay! a estas alturas las posibilidades más viables eran:

1.- Sencillamente... callarme.

2.- Decirle de la manera más amorosa posible que yo no había dicho ni pío, que no era necesario callarme, que se tranquilizara. Incluso podría acercarme con ternura y abrazarla para ayudarla a calmarse.

3.-Decirle que no pensaba callarme y que por nada dejaría de hacerlo.

4.- Llorar.

Luego de meditarlo un buen rato opté por hacer lo que cualquier persona en su sano juicio haría, lo más coherente, lo más lógico: huí despavoridamente. De puntitas y procurando hacer el menor ruido posible desaparecí de la zona de peligro, corrí escalera abajo, a toda velocidad, para perderme en la terraza. Me senté al borde de una jardinera, inspiré profundamente para recuperar el aliento y tracé una sonrisa: ¡al fin... paz! Me acomodaba para continuar con mi lectura cuando noté, atónita y decepcionada de mí... ¡que había dejado el libro en el dormitorio de mi abuela! El corazón se me agitó, titubeé, pensaba abandonarlo allí y optar por la televisión o por echarme una siesta, ¡pero no! ¡mil veces no! ¡yo quería mi libro e iba a conseguirlo a cualquier precio! Con todo el valor humanamente posible gateé escalera arriba intentando hacer caso omiso a las temblorinas que habíanse, ¿habíanse?, apoderado de todo mi cuerpo. Gotas de agobio corrían por mi frente y mis manos, mi ojo izquierdo decidió saltar una y otra vez en contra de mi voluntad, mis vías urinarias amenazaban con soltarse, sentía el peso del mundo sobre mis hombros... Finalmente al llegar al cuarto de mi abuela, y por puro descuido, abrí la puerta toscamente provocando un chillido bestial, mi abuela gruñó que no abriera la puerta tan horrible. A estas alturas ya no tenía control alguno sobre mis nervios, por lo que al cerrar la puerta le mandé un azotón sin siquiera proponérmelo, mi abuela bramó aún más. Di un par de pasos torpemente pues al tercero tiré un paso que se encontraba en su mesita de noche, ¡deja de tirar cosas, mocosa, y calla de una buena vez! -gritó mi abuela- Al fin tenía mi libro, pero cuando me disponía a partir, y por mi estupidez elevada al infinito, pateé la bacinilla derramando parte de su contenido sobre mis pies. Fue tanta mi desesperación, mi coraje, que no pude contenerme a un: ¡Ya bastaaaaaaaaaaaaa! Pero mi abuela ni se inmutó, siendo que ese era el momento idóneo para que me callara y echara de allí a punta'echucha's, pero no lo hizo. Me acerqué a ella sigilosamente: dormía. Volví a acomodarme en el reposet, tomé mi libro y retomé la lectura. Claus y Lucas de Agota Kristof, un gran libro, dicho sea de paso.
Una veintena de minutos más tarde, y mientras me perdía en un viejo sanatorio de un pueblucho alemán, el silencio de la habitación fue interrumpido por algo que me sonó bastante familiar...
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-¡Que te calles!
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Esta vez sonreí y continué con mi lectura.

14 febrero 2009

Pesadillas

Cuando era niña y en la época en que no vivía en mi casa, sino con mi abuela, tenía la mala costumbre de hablar en voz alta mientras dormía, repitiendo siempre la misma palabra: “mamá”. Quizás era mi oculta necesidad de atención maternal, obviamente porque mi progenitora querida tenía cosas mas importantes que hacer y no podía hacerse cargo de mi. Tendría unos cuatro o cinco años y mami Toña, como llamaba a mi abuela, me despertaba de un sopetón para decirme que ella no estaba, que luego llegaría.Hasta la fecha, estas reacciones me parecen increíbles, casi estúpidas, pues según yo los sueños se guían por la razón, pero creo que hay una parte que no puedo dominar, donde el control sobre mi misma lo pierdo, mensajes ocultos tras una indiferencia fingida, o en este caso palabras descordinadas lanzadas al aire por la ausencia de mi mamá.
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¿A qué viene todo esto? a que anoche me desperté muy angustiada, casi al borde del pánico, terror del que aún no me recupero. No recuerdo muy bien de que iba el sueño, alguien discutía, no sé de qué ni con quien, pero algo debió ocurrir que me causó miedo o una emoción muy fuerte que inexplicablemente corrí a los brazos de mi madre para aferrarme a su pecho, el problema es que yo pensaba que era otra persona, le dije: “te extrañaba tanto, mi amor”, pero lo peor vino luego: ¡la besé! De no ser por un instinto propio de autodefensa me desperté en pleno acto, de lo contrario no sé qué hubiera pasado, quizás habría continuado con muestras de cariño hacia ella, detalles inexistente en mi, simplemente porque no me salen. Me quedé inmóvil un segundo tratando de reponerme de tan desagradable e incomprensible sueño, buscando una razonable explicación, la que nunca llegó pues terminé por volver a dormirme sin conseguirla.
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¡No jodan! que fue sin querer, totalmente inconsciente, lo puedo jurar, es imposible cobijar un anhelo desconocido de volver a verla, me niego a reconocerlo, no, ¡no puede ser que me esté volviendo tan mamona!

13 febrero 2009

Japi berdei

Por obligación, por norma, cada 23 de agosto acostumbro sumar un año más a mi calendario personal, sucede una y otra vez sin poder evitarlo, siempre ocurre, siempre, incluso en la misma fecha y casi por inercia.La verdad es que estos acontecimientos no los tolero con mucha facilidad. No soy de fiestas, claro está, mucho menos de celebrar cumpleañitos, aniversarios, añitos viejos, jalogüins, ni nada por el estilo. Yo paso. Es más, suelo pensar que aquellos que ponen excesivo ímpetu en esas fechas dejan muchos momentos en blanco, vacíos, y aunque ellos se defiendan diciendo que son los más valiosos, los mejores momentos para el reencuentro familiar, el júbilo emocional, el enriquecimiento espiritual, la verdad es que yo sigo pensando en que están llenos de hipocresías, de compromisos y cotilleos, es por esto que prefiero saltármelos, y quedarme con el antes... con el después.Hecha esta aclaración y constatada más de cinco mil cuatrocientas doce veces, igual, quienes me conocen: la gente cercana, los amigos más íntimos, el círculo parental al cual pertenezco y que se hace llamar familia, insisten en meter bulla. Algo poco, dicen, una oncecita, un salud o qué sé yo, será sólo entre nosotros, los mismos de siempre...
Pues bien, este año, como siempre, como cada vez, han vuelto a ganar por nocaut. Okey, ya está, listo. Hagámosla cortita, ¿vale? Pero no, no se conforman con un simple: !FELICIDADES! o un JAPI BERDEY! (palabras que siempre van acompañadas de las típicas, y siempre -estupendamente- bien recibidas, bromas sobre mi vejez), que luego hay que joderse con un dichoso pastel. Ea, al fin el grato ritual de soplar la velita, arrrggg... "Anda, mujer, que sólo es un rito inofensivo, una costumbre, un juego, una simple formalidad, venga no comiences a poner mala cara". Traen la torta, y aquí es donde llegamos al punto relevante de tan interesante post, presten atención, por favor. Me doy cuenta, con asombro, con agobio, que a tan apetitoso pastel le falta un par de porciones, dos pedazos. Al parecer alguien tuvo antojos incontrolados unos minutos antes, y utilizó "mi" torta para saciar su gula.
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Al ver la desilusión colgada de mi cara, alguien dice: "Ya! dale no más, si es lo mismo. Pide tres deseos. Anda!". Así lo hago, amargamente cumplo mi rol. Murmuro algo indescifrable. Pido, desganada, mis deseos y soplo. Me saludan entre vítores, risas y hurras. Sin embargo, luego, la torta me sabe amarga, insípida, creo que si le faltaba ese par de porciones, esos dos pedazos, eso debe tener algún significado, algo tendrá que ver, ¿no? Quizás sólo debí pedir dos deseos, y no abusar. Quizás debí tirarme al suelo y echarme a llorar como una niña.

28 noviembre 2008

Pornocus

-¡Mírame! Voltea a mirarme la cara, ¡pinche mamón! ¡mírame!

- Ya, para, Mari, cálmate. Tas loca, mujer.

- No, güey, no toy na loca, mírame, anda, ten el valor para hacerlo, ¡cabrón! Mira, güey, mira cómo me estoy quedando, y todo por tu pinche dejadez. Pero ni pienses que voy andar chupándote las patas, ¡culero!

- Ya, niña, tranquila, lo siento, es que no pud...

-No, güey, no me calmo. Y yo esperándote como pendeja... Ándale, mírame de una puta vez, tengo la cara hecha mierda, ¡imbécil!

-Deja de exagerar, que no tienes nada.
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-¿¡Cómo que no, cabrón!? Llevo tres semanas sin pisar el palito y tú muy campante, ¿no? Mira la pila de espinillas que me están saliendo por tu culpa. ¡Pinche ojete!

-Jajajaja ¡Ay, mujer, no tienes remedio!

-Pues, no, ¿tú crees que a pura chaqueta me consuelo, huevón?, NO, fíjate que no, güey, que no soy de fierro. Órale, cabrón, ¡ya bájate los pantalones!
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13 noviembre 2008

Matamorfosis

De pequeña, siempre, se reían de mí. Mi frente era muy amplia y englobada, la nariz demasiado ancha, algo extraño tenía en los ojos, en la mirada, en la manera de hablar, en mi andar. No fui aceptada, por tanto, ni querida, ni elegida para jugar a "la familia", ni luego, para salir a bailar. Mis amigas organizaban juntas en que la clave para el éxito de la velada era mi exclusión, que yo no me enterara, entonces, nunca fui invitada a participar en el "juego de la botella", o a "verdad o consecuencia", ni a la "escondida china", ni al "pillarse", osea, a ningún jueguito que significara besarme.
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Por más que lo deseé, por más que me esmeré, por mucho que me esforcé nunca conseguí llamar la atención del sexo opuesto. Nadie quiso besarme ni abrazarme jamás. Y hoy, cuando la naturaleza se ha apiadado de mi, extraños seres me regalan favores, se deshacen en halagos, se desviven por saber de mi. Ahora, agradables criaturas, preparan reuniones a las que me convocan con excesivo entusiasmo, lugares donde se encuentran los más exquisitos tragos y los más exóticos platillos, donde la gente se dedica a conversar y reír. Ahora, antiguos conocidos me miran y se preguntan cómo he cambiado, cómo puede ser posible estar donde estoy, cómo consigo ser tan atractiva, tan inteligente, tan, pero tan, genial. Yo solo les sonrío, no digo nada, ¿qué podría decir?, pero si obligada estuviera a hacerlo diría que es algo totalmente ajeno a mi voluntad, algo espontáneo, innato, una reacción propia del cuerpo, un anhelo desesperado, algo que crece y crece sin planificación, como una flor en el desierto, unas ganas enormes, del tamaño de un huracán, de ser alguien, alguien a quien deseen abrazar.
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