Fiesta de ex alumnos

Alguien, no sé cómo, ha conseguido mi correo electrónico. Es un alguien con quién, creo, supongo, sospecho, hice la educación básica, o la primaria, en una escuela equis de apellido yanki. Me cuenta con entusiasmo que habrá un encuentro de ex alumnos, dice que estará todo el mundo allí, ¡incluso la profe de castellano!, que sólo falta mi confirmación y la manada estará completa, que será un gran acontecimiento, que lo pasaremos la raja recordando viejas travesuras, que reiremos hasta llorar, que será maravilloso volver a vernos, que...
Le digo que no, que es imposible, que no cuenten conmigo para nada, que no insista porque no cambiaré de idea, que no existe ni la más mínima posibilidad de que yo asista.
Es que el huir hacia adelante ya es una faena de la futilidad más extrema, pero huir hacía atrás... eso, eso es imbecilidad pura. Y punto.
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Fin

Era el día de su sepelio. Lo raro es que se sentía más vivo que nunca. Había ilusión en su corazón, paz en su alma, alegría en sus pupilas. Su círculo más cercano, familia y amigos, decidieron darle su último adiós en medio de flores otoñales, un cajón oval, música de antaño, café y cigarrillos. Y él, deambulando por toda la casa, intentando convencerlos de su error: ¡mírenme, por estas venas aún corre sangre! No había forma. Nadie lo miraba, nadie lo escuchaba, era como si no existiera, como un fantasma.
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Lo afeitaron, lo engalanaron con el mejor de sus atuendos, el de matrimonio, le engominaron el cabello y recortaron su bigote cantinflón. Y él protestando: que no, que el copete va cargado a la derecha, ¡que no, que no me toquen el mostacho!, esos lentes me sientan horrible, con esos zapatos me duelen los pies. Pero ya todo daba lo mismo. Lo acomodaron en el cajón como a un delicado recién nacido. Sin muchos preámbulos. En silencio.
Llegaron los afligidos, los inconsolables. Se tomaron el café y se fumaron los cigarrillos. A él, ni una sola mirada. Él, abandonado en su cajón, exponiendo su diatriba.
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Lo enterraron a las cuatro y media de la tarde, sin lluvias, sin lamentaciones, sin grandes ceremonias. Vivo.

La última chupá del mate

Es temprano, las seis y veinte de la mañana, vamos camino al hospital. Claudia accedió a donar sangre pues prefiere eso a tener que dar parte de su salario, según ella: el que te pide sangre no te pedirá dinero. Decido acompañarla, y no es por ser buena gente precisamente, es más que nada para aprovechar el tiro y poner en regla unos papeles y cahuines.
Hace frío, la ciudad sin gente es toda una maravilla, el silencio que baña la mañana es genial, aunque a ratos es teñido por el tronar de nuestras tripas, tenemos hambre. Yo más que nunca, mi cuerpo comienza a quejarse, es la costumbre de almorzar a las 4 de la madrugada.

Hay una mujer trapeando la porción de vereda que corresponde a la casa en donde trabaja.

–¡Ey, cuidado!–no pesco, sigo caminando, uno, dos pasos. Clau y yo somas las únicas en la calle, ni siquiera hay vehículos así que suponemos que se dirigía a nosotras. Clau se detiene.-¿Me hablas a mí? dice señalándose con el dedo. -¿Acaso no ven que estoy limpiando?– dice mientras apunta las baldozas con el mentón- ¡y pisan!

Oh-oh... Clau se ha mosqueado, eso es grave, más hoy cuando ha echado cuerpo, la cara de buena samaritana que va feliz a dar un poco de vida a mutado en una demente, de quien acaba de escaparse de un psiquiátrico, sus ojos muestran un hondo fastidio y perplejidad. Se acerca, da un paso. -¿Y qué mierda quieres que haga, idiota? ¿Que pase dando saltitos? ¿aún no te cae la teja que desde hace más de una década tu única tarea consiste en limpiar azulejos en donde cagan los perros y pisan las doncellas? para luego dedicarte durante horas a lustrar la mampara de ésta... tu casa ajena. ¿Cuando te vas a pegar la cachá de que no eres la última chupá del mate, sino el eslabón perdido entre los simios que bajaron de los árboles? ¿Cómo llegaste a esto, wachita? seguro que de niña soñaste con un día manejar una gran compañía, ¿no? con ser una eminencia médica o quizá una famosa actriz, pero no, no eres nada ¡sólo mírate! Tu único pasatiempo en la vida es adivinar qué traen los vecinos del supermercado y cuando consigues descubrir que alguien se ha gastado más de cinco lukas en una botella de vino, sufres y maldices tu destino. Dime, ¿sabes leer?, pues bien, dedícate al menos a leer el horóscopo o el faranduleo así tendrás algo de qué hablar, mija. Y ahora sigue limpiando, deja todo reluciente, que sino cuando pase de vuelta yo misma quitaré las manchas del piso con la cara de pija muerta de hambre que tienes.

Estoy de pie, mirando, atónita, la escena. La tierra no me traga.

Algo sucede. La mujer suelta el trapeador y se sienta en el borde de la cuneta junto a un balde azul. Comienza a llorar, como un niña. Se cubre la cara con las manos, intenta ocultar su angustia, pero el llanto la domina, la desborda, no puede contenerse. –Discúlpame, mi fui al chancho, lo siento, de verdad– le dice Clau. Se inclina para darle unas palmaditas en la espalda, de paso toma el mop. -Bah no me hagas caso, yo te ayudo-. La aseadora sigue inconsolable, niega con la cabeza. Clau comienza a baldear, su cara de buena samaritana a vuelto.

Sigo de pie, mirando, atónita, la escena. Perpleja.

Bailando con la fea

¿Alguna vez les ha pasado que se despiertan radiantes por la mañana, llenos de vida, enérgicos, y una gran sonrisa se les pega de inmediato en la cara con tan sólo oír el canto de los pájarillos, y que al asomarse por la ventana se dan cuenta de que el día está maravilloso, que todo huele a flores, que el cielo es más azul, que las nubes forman hermosos unicornios, y repentinamente se les ocurre una idea genial, la realizan y al anochecer contemplan el cielo estrellado y dicen: " Oh, wow, soy la persona más feliz del mundo"?
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A mí no.

¡No toy ni ahí con tu parapluie!

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Llueve y como siempre, de la nada, aparecen, como gnomos, los vendedores de paraguas. Este hecho suele resultar insignificante e incluso pasar inadvertido para el infrecuente peatón. Pero nunca para mí. Es muy triste y agobiante, pues casi toda la vileza humana se concentra allí, en el mercader. Es el gen de lo ruin, el ADN de la maldad. Es quien sonríe única y exclusivamente por la desgracia ajena, quien espera agazapado tras las sombras, masticando cizaña, el mejor momento para atacar, para burlarse de mí, por que tengo algo que necesitas y que tendrás que pagar, sí o sí.

Entonces me acerco, a uno o dos metros del comerciante, y allí me quedo, el vendedor busca mi mirada esbozando una leve sonrisa capaz de matar a una cascabel, jurando de guata que todo saldrá según lo planeó. Pero yo ni me inmuto, no lo miro, ni siquiera pregunto el valor de su puto paraguas. Me quedo, muy quieta, bajo la lluvia, tranquila, mientras su bobalicona sonrisa muta en desilusión, mira a su alrededor buscando una explicación, alguna razón para comprender semejante injusticia, para encontrar la falla de su infalible maniobra.
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Las gotas de lluvia ruedan por mi rostro, mi ropa se impregna de ella. Me mojo hasta las bragas. Es genial.

Ahueonao light

Me encuentro con mi más querido vecino en el autobús. Como era de esperarse, como cada vez, me realiza un chequeo visual para ver cuántos y dónde se han alojado los chocolates.- ¡Estás más rellenita!- dice sonriendo, sonríe como quién ya no espera nada de su propia vida, alguien que no le queda más que limitarse a degustar los defectos ajenos. El comentario me pilla desprevenida, desarmada.
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Posibles respuestas, ya que presumiblemente hablando, la escena se puede repetir.

1- Sí, pero con un poco de ejercicio seguro se me pasa, en cambio, la imbecilidad no tiene cura. Pobrecillo.
2- Le ruego, por favor, que no me hable. Usted me repugna.
3- Viva y deje vivir, usted en su color, señor, y por favor no intente desteñir el mío.
4- ¿No le es agotador, querido, acarrear todo el tiempo ese ventilador con caca?.
5- Tranquilo, entiendo su frustración, esa frustración que lo obliga a ver sólo los fallos en los otros, es triste pues no tiene remedio, no pasa nada.
6- Le suplico no salpicarme con su fracaso. Gracias.
7- (Mirándolo por encima del hombro, de arriba hacia abajo) Perdónalos, señor, porque no saben lo que hacen.
8- Perdón, pero yo no tengo la culpa de que su mujer lo haya dejado porque ya no se le para.


Eso, fin de las respuestas. Creo que el exceso de grasa a afectado mi ingenio y a acortado mi genio, mi personalidad, pues me quedé mirándolo... sin decir nada.